Los Pioneros del Trigo

“Is it not enough that I am devoured, without my being expected to bless the power that devours me?”

Aunque muy amado por sus súbditos, Apascasio el Aguador no fue un rey longevo. Apenas un lustro luego de la construcción de la Torre Azena, hoy estamos todos atesorando el testimonio de su funeral en los campos que él fundó. Campos verdes que solo han sido posibles gracias a las hazañas con las que nos trajo la siembra de vuelta. Tras aquella sequía del Rey Ermitaño, fue el Aguador quien nos salvó del hambre al traer de su exilio el misterio olvidado de la agricultura. En su honor, y en honor de todos quienes siembran y aprenden a sembrar, fue construido este monumento de madera, junto al cual es enterrado y germinado el cuerpo de Su Majestad.

            Los más pobres, quienes parecen existir tácitamente, están mucho más atrás; me pregunto si acaso algo pueden ver. Gracias a la influencia de mi hermana, yo estoy bastante cerca de la pompa, y puedo ver con claridad las caras que se compungen sobre el montículo. Allí está el alto Prometeo, con la cara tan roja de pesar que el cabello se le refleja anaranjado. Dio un discurso muy sentido dirigido a alguien que es, en nuestros corazones, más que un salvador; van sin importancia los rumores sobre los trucos de los que se valió para llegar al poder, porque fue él quien nos dio los campos.

Wheat

Reapers Resting in a Wheat Field – John Singer Sargent

            El maestro de ceremonias es un hombre melifluo llamado Carideo, pero quien dirige los ritos es el gran Pionero, Tales, empapado y arrugado como suele estarlo, y con menos escrúpulos que una gaviota. Tras él está el resto de los Pioneros del Trigo, la orden de ciudadanos que ayudaron a Apascasio a traer clandestinamente la comida durante la sequía. El Aguador había sido nombrado alcalde de la orden, pero Su Majestad nunca le prestó mucha atención a este grupo de incondicionales, ni formaba parte de sus decisiones; era Tales quien los gobernaba realmente, y quien además había escrito los grandes poemas de la época. Tras él estaba el resto del grupo: Vivakvo, su esposa Ifidamante, mi hermana, y muchos otros aldeanos.

            Los Pioneros del Trigo tenían a su cargo el funcionamiento de la Torre Azena, este monumento de madera, en donde se enseñaban la ciencia y el arte en Kanenia. Tal fue el legado de Apascasio como recompensa al apoyo que había recibido de ellos. Era natural que el funeral se realizase en aquel lugar. Además de esta curaduría, los Pioneros tenían la sagrada misión de apagar las luces de la Ciudadela todas las noches.

            Después de que el sarcófago estaba en el fondo del montículo, Prometeo alzó ambas manos sosteniendo un papel que demostraba que Apascasio lo había designado su sucesor. Ya habían corrido los chismes desde el palacio, por lo que no fue ninguna sorpresa que todos se hincaran con respeto, y lo aclamasen como el nuevo soberano de Kanenia.

            Tales no quería ser el líder formal de su orden. Decía que el luto y la grandeza del Aguador eran muy grandes como para que él pudiese aplacarlos. Fue así como mi hermana fue proclamada como la nueva alcaldesa de los Pioneros del Trigo, y en honor a su fundador cambió su nombre a Apascasia II. Fue así respetada por todos.

            Los Pioneros habrían preferido que el próximo rey saliese de sus filas, pero parecían respetar la decisión del Aguador, siempre que la torre siguiera bajo su poder. Así fue durante varios meses, mientras el rey Prometeo se ajustaba a su nueva posición y aprendía de cerca sobre el oficio de gobernar.

            En el interregno, Apascasia II cambió la función de la Azena. En un intento por retomar los principios que inspiraron la fundación de su orden, se esforzó por convertir la torre en un granero, para prevenir el vívido miedo de una nueva sequía. Los talleres y bibliotecas fueron llenados de granos, comida y animales; varios pisos de la estructura solo olían a tierra y a bosta. Alrededor de la torre fue construido un amplio lago, y la Azena cada vez más se empezaba a parecer a un castillo militar. Apascasia II explicaba que el lago serviría para irrigar los campos, pero muchos de los cortesanos del Rey lo ponían en duda.

            —Pero Apascasio el Aguador defendió esto, ¿te crees mejor que Apascasio el Aguador?—era suficiente para calmar a todos sus críticos.

            Sus seguidores menos ofuscados requerían de las habilidades persuasivas de Vivakvo, la mano izquierda de la Alcaldesa, un bruto cuya obsesión con su líder superaba incluso sus deberes hacia su familia. Al patrullar todas las noches las calles de la Ciudadela, en su labor de apagar las luces, tomaba en secreto a cualquiera que escuchase murmurando el nombre de Apascasia II en las sombras, y lo escondía en una colina cercana desde la cual podían escucharse profundos quejidos.

            Aun con el lago terminado, la cosecha no fue tan abundante como en los tiempos del Aguador. Prometeo se encontraba muy irritado por la reforma de la Azena, y este fracaso terminó por enemistarlo por completo con Apascasia II. La Alcaldesa fue llamada al palacio y allí Su Majestad le pidió que regresase la torre a las manos del rey de Kanenia.

            —Pero Apascasio el Aguador nos dio esto, ¿te crees mejor que Apascasio el Aguador?—se defendió, y buena parte de la corte, quienes por sobre todas las cosas amaban al antiguo rey, se colocó del lado de los Pioneros del Trigo. El resto de los nobles se calmaron con el solo crujir de los nudillos de Vivakvo. Prometeo no podía solo contra los Pioneros, y mucho menos contra la memoria de Apascasio el Aguador.

            Aquella noche comenzó la tormenta. Rayos cayeron sobre el lago, y casi quemaban la torre. Tras una semana sin que cesaran los truenos, el Rey encomendó a Carideo que liderase la ocupación de la Azena y, a punta de fusiles, expulsase a los Pioneros, para poder proteger la torre que consideraba suya por derecho real. Los Pioneros del Trigo eran más hábiles en el secreto que en el oficio marcial, y así fueron fácilmente derrotados, mas no apresados.

            Prometeo construyó presto un pararrayos en la cima de la torre, y así logró evitar el inminente incendio de aquel granero. Inició el drenaje del lago y vació todas las aulas y laboratorios. Sin tener en dónde guardar toda aquella comida, la repartió entre todos quienes habitaban aquel país.

            Mi hermana y su orden se retiraron a la colina de los gemidos, en donde vivieron sin ser molestados. Tuve la suerte de que nadie me importunó a mí, a pesar de mi relación con ella, pero Carideo puso mucho esmero en sacar a los Pioneros ocultos en la Ciudadela, y por mucho tiempo fui cuidadosamente seguido por los esbirros del palacio. Nunca comulgué con ellos, pero yo era un natural sospechoso, y lo entendí así.

            Sin los Pioneros, las noches de Kanenia estaban iluminadas, pero los gritos en el horizonte y los relámpagos sobre la Azena nunca cesaron. «Hay algo en esta tierra, en esta colina, que ama tanto a la piedra que le da vida», dijo una vez mi hermana. Su recuerdo se desvaneció con el de su amado Apascasio el Aguador, mientras Prometeo se afianzaba sobre Kanenia con la dulzura de su mano.

            Sucedió que, desde los alcázares, soldados advirtieron una larga fila de personas que marchaban encabezadas por un monstruo de roca. En menos de quince canciones, se encontraron ante las puertas de la Ciudadela; Apascasia II, escoltada por Tales, chorreando su ducha perpetua, y por Vivakvo engarrotado, pidió a gritos que le abriesen la puerta a los Pioneros del Trigo, que regresaban a su hogar acompañados por el alma del Aguador encarnada en aquella pétrea bestia.

            Su piel dura se extendía más de cinco metros, y su fortaleza no se encontraba solo en el resistente material del que estaba hecho, sino también en la anchura y cantidad de sus miembros. Además de alas ‒que no llegamos a ver en uso‒, tenía cuatro patas y dos tenazas como las de una langosta. Sus ojos eran múltiples, y grises como el resto de su cuerpo, y circundaban un escudo tallado en toda la frente por las manos de mi hermana: una gota de agua con una espiga creciendo dentro.

            Prometeo no respondió de inmediato. Los Pioneros dejaron claro que no tenían ninguna intención de derrocar a su monarca, tan solo exigían de vuelta los dones que el Aguador les había dado y que Su Majestad les había usurpado. Impaciente, el dragón destruyó con su sola mirada las puertas de la Ciudadela, y los Pioneros del Trigo entraron de vuelta a su hogar con la más total de las calmas. Los villanos más nostálgicos recibieron con largas celebraciones a sus amigos, y por esa primera noche acompañaron a Vivakvo a apagar las luces de Kanenia. Tales estableció su carpa en la plaza de las fuentes, para mantenerse siempre mojado y arrugado, y mi hermana, quien desde ese momento se hizo llamar Apascasia la Escultriz, se retiró con su dragón a la colina de los gritos.

            Estandartes con el nombre y la efigie de Apascasio el Aguador fueron colgados de las ventanas de los más fieles; el símbolo de los Pioneros fue forzado en las puertas de los demás. En honor a la coherencia y a la familia, aseguré dos clavos para que sostuvieran la bandera que mi hermana me había dado.

            La gente empezó a leer mucho, pero solamente la biografía del rey Apascasio, escrita por el propio Tales. La devoción por el difunto rey crecía. Pronto sentí en mis venas el rango inerte de hermano de la Escultriz, una mujer que, por haberle dado al dragón el alma del Aguador, había ganado ahora cualidades infalibles entre el pueblo. La obedecían más a ella que al visir, o incluso a Su Majestad, a pesar de que se la viera poco por la Ciudadela.

            Vivakvo se encontró tan ocupado protegiendo la memoria del Aguador, que su esposa tomó sobre su espalda la labor de apagar las luces de Kanenia cuando él no podía. Ifidamante era una mujer cuyos párpados ambarinos contrastaban con una larga cabellera opaca, pero que se plateaba al encontrarse a la luz del sol; tan larga era, de hecho, que prefería enrollársela alrededor del cuello para ahorrarse el uso de bufandas. No era taciturna como el resto de los Pioneros, Ifidamante cantaba todas las noches mientras mataba los faroles, y la gente se deleitaba con verse tan alegremente a oscuras.

            Pocos sentían el roce entre los Pioneros y el rey Prometeo. La mayor parte de los kanenianos veían armonía en el legado del Aguador, incluso Ifidamante. Carideo hacía todo lo posible para no perderse en el horizonte, tratando de darle valor al trabajo de su rey, pero no fue exitoso. Las ideas de Tales en el día, y el garrote de Vivakvo por las noches ‒quien además se limitaba a repetir las palabras del primero‒, acababan con quien pusiera a Prometeo por encima de Apascasio el Aguador. Yo sí me daba cuenta de ello, pero ostentaba la suficiente cobardía para refugiarme detrás de mi buena vena.

            Un día, mi hermana entró con su dragón a la Ciudadela. Caminó sin titubeos hacia el palacio y allí encaró una vez más a Prometeo. Frente a toda la corte, le pidió su nombre en sacrificio.

            —El primer rey se llamó Apascasio. ¿Te crees mejor que Apascasio el Aguador?

            Prometeo, sumido en ira, se retiró a su despacho y dejó a su visir encargado de dar respuesta a semejante petición. Carideo, un hombre sin sensibilidades, trató de negociar con la Escultriz, pero ella se mantuvo indemne, aun siendo salpicada por la ducha de Tales y afeada por la cercanía de la cara de Vivakvo. Apascasia la Escultriz le dio una semana para renunciar a su nombre, amenazando a la Ciudadela con la ira del dragón, en quien ahora todos veían encarnada el alma del antiguo rey.

            Sin embargo, ese primer día salió a relucir un pozo nauseabundo de envidias y discordias entre los Pioneros del Trigo. En tanto que mi hermana solo visitaba la Ciudadela de vez en cuando, y que la gente había empezado a temerle a Vivakvo y a amar a Ifidamante más que al resto de los Pioneros, Tales quiso recuperar su buena fama. Su discurso se enfureció poco a poco, buscando lograr más conversos y radicalizar a los acólitos menos aptos, pero todos se distraían cuando aparecía la pareja.

            Las peroratas de Tales, entonces, se tornaron en contra de sus propias filas. Los rayos seguían cayendo sobre el pararrayos de la Azena, y Tales interpretó aquel portento como el castigo de Apascasio el Aguador a la soberbia del rey Prometeo. Siendo él el cuidador de sus ideas, los pioneros no dudaron de su mandato de ser sacrificados al dragón. Una larga fila de voluntarios anduvo a la colina de los gritos para ser devorados por las piedras, para darle vida al alma del Aguador. La Escultriz había aceptado semejante descalabro por provenir de Tales, y por ver que la encarnación de su rey disfrutaba el sacrificio.

            Eventualmente el turno fue de Ifidamante y su esposo. La cara hinchada de Vivakvo no parecía comprender lo que Tales le pedía, y trató de pronunciar palabras con su voz tonta y ceceante. Habló por más de diez minutos tratando de convencer a Tales de que lo dejase vivir, pero el húmedo no cedió, y Vivakvo, sin siquiera un átomo púgil contra su maestro, se entregó a las fauces del dragón de piedra. Ifidamante vio con espanto cómo las tres hileras de colmillos que ostentaba aquel monstruo masticaban a su marido, quien, por muy abominable y estúpido que hubiese sido, era el amor de su vida.

            Ella, sin embargo, no pretendía sacrificarse. En la colina, con el cuerpo destrozado de Vivakvo, y hasta salpicada de su sangre, Ifidamante se rio de Tales. Los Pioneros del Trigo quedaron perplejos, más aún los voluntarios que estaban felizmente preparados para morir comidos por el Aguador.

            —Apascasio el Aguador quiere tu vida, ¿te crees mejor que Apascasio el Aguador?—preguntó mi insidiosa hermana, mas Ifidamante seguía riendo.

            La situación parecía tan incierta, que la recién viuda se fue caminando muerta de la risa lejos de la colina sin encontrar ninguna resistencia. A pesar de la confusión, Tales se sintió satisfecho cuando, al regresar esa noche a la Ciudadela, encontró todas las luces encendidas, y tuvo la oportunidad de asumir la sagrada misión de apagarlas, lo cual disfrutó hacer salpicando agua de su ducha a los faroles.

            Pero Ifidamante no era solo risas, también el luto la hizo querer vengar la muerte de Vivakvo, a pesar de que hubiese sido su propia decisión. Fue al palacio y pidió ver a Su Majestad. Fue recibida por Prometeo y su visir sin honores y en secreto, en una recámara oculta del palacio. A escasos días para el retorno de la Escultriz, aquel trío de motivaciones divergentes preparó su defensa.

            Cumplida la semana, la Escultriz no apareció en la Ciudadela. Se encontró retada en la colina por Ifidamante y Carideo. El día en el que se cumpliría la amenaza de la alcaldesa de los Pioneros, caminaron las quince canciones que separaban a la Ciudadela de la colina en donde habitaba el dragón.

            Apascasia la Escultriz estaba acompañada apenas por un pellizco de Pioneros que la seguían a donde fuese, y, lo que no era menos, por el dragón poseído. Tales estaba contento apagando las luces, con el puesto ganado de miembro más vistoso de la orden, y nada se preocupaba por el resultado de las amenazas que la Alcaldesa le había lanzado a Prometeo. El resto de sus leales, o bien habían sido sacrificados con su propia venia, o bien vivían tranquilamente como aldeanos comunes. De la ventaja de su soledad planeaban aprovecharse Ifidamante y Carideo.

            Ifidamante, despreocupada, escaló la colina y encontró a la Escultriz leyendo en voz alta algunos pasajes de la biografía de Apascasio el Aguador. Quienes la escuchaban estaban emocionados, como si fuese la primera vez que escuchaban sus palabras. Se alzaban en explosiones de admiración por el difunto rey y en la inevitable exaltación de su heredera, a lo que ella respondía con la más diáfana de las gratitudes. Estaban preparándose para partir hacia la Ciudadela.

            El dragón fue el primero en descubrir la presencia de los intrusos, y leyó en seguida el peligro que encarnaban. Soltó un rugido cavernoso que hizo huir de horror a los Pioneros. Solo Apascasia la Escultriz quedó en pie, consciente de que sus amenazas se le habían volteado. Preclara en maldiciones y brujerías, la Escultriz alzó y lanzó piedras a Ifidamante y Carideo, mientras el dragón de su rey corría a devorar lo que, a sus ojos circundantes, parecían nuevos holocaustos.

            Carideo, quien, fuera del don de la palabra, era un hombre de pocas habilidades, se limitó a esquivar las rocas que Apascasia la Escultriz le lanzaba, mientras era Ifidamante, de cuyas ropas aún se desprendía el olor de la cebada, quien estaba lista para encarar al dragón.

            Formidable, la bestia le daba el pecho a la derrota protegiéndose con el terror que imponía. Ifidamante solo podía resistir al monstruo moviéndose más rápidamente que él. La viuda aprendió entonces, por la sincronía de los movimientos, que era la Escultriz quien habitaba la mole y no el Aguador. Cuestionó con inquina al demonio que la acosaba y escuchó, en el fondo de las respuestas vacuas que le daba, la voz temblorosa de mi hermana. Estaba revelada una mentira tan fría que había nacido desde sus propios huesos.

            Apascasia la Escultriz cogió con sus órdenes perversas más piedras de la colina, y con mayor intensidad atacó a sus contrarios. Carideo no pudo sino huir, incapaz de mantener el ritmo de la nueva oleada que se acercaba. Ifidamante, en cambio, dejó mostrar una sonrisa. Tras un diestro movimiento de la viuda, el lomo del dragón fue taladrado por las pesadas rocas que había lanzado la Escultriz, pero el tamaño de la bestia no fue suficiente para proteger a aquella de ver calado también su torso.

            Así como el dragón jadeaba y sus piezas se separaban, así también la Escultriz se arrastraba herida hacia su hechicería. Por haber filtrado su alma entera en el corazón pétreo de aquella colina, mi hermana se vio igualmente descuartizada como el dragón, solo que, mientras este se convertía en abono para las espigas, las partes de aquella tornábanse en piedra.

            Carideo arribó con la noticia de la triple muerte. Ifidamante, bien amada por los villanos, fue llorada en las calles. Apascasia la Escultriz, la alcaldesa de los Pioneros del Trigo, fue llorada, en cambio, por Tales y sus seguidores en las fuentes. En honor a ambas, las luces de la Ciudadela fueron dejadas encendidas durante diez noches. Al término del duelo, volvieron a sonar los gritos en la colina. Supieron, así, que las piedras lloraban también a las piedras muertas.

            El rey Prometeo se vio liberado de sus angustias, y pudo por fin gobernar como así lo quiso Apascasio el Aguador. Convivió por mucho tiempo con los Pioneros, aun cuando los aldeanos clamaban ante su palacio que ordenase el exilio de la orden por la insensata rebelión de las piedras. Pero el visir aconsejaba lo contrario.

            Su Majestad, en conmemoración del aniversario de la derrota del dragón, inauguró una feria de tres días en las fuentes de la Ciudadela. Para sorpresa de todos, en la última jornada, el Rey entregó las llaves de la Torre Azena a Tales, para que morase allí con los Pioneros del Trigo, y conservase las ciencias de Kanenia. Una labor tan vacía como el consejo de Carideo, ya que, cuando los aldeanos veían aquello como un premio inmerecido, los Pioneros lo sentían, en cambio, como un cruel castigo. Las luces de Kanenia ‒otro anuncio‒permanecerían en llamas.

            Yo no lo vi de esa manera en aquel momento; estuve del lado de quienes, enfurecidos, exigían una explicación al riesgoso asunto de dejarle tan importante monumento a esa horda de fanáticos, sobre todo cuando los rayos continuaban reventando la antena en su cúspide, muy a pesar del sacrificio de los Pioneros del Trigo. Interrogué a Carideo sobre mi inquietud. Le expliqué, con toda la indignación que pude amasar, la injusticia de convertir a Tales en el numen indiscutible de la Azena; pero el visir solo mostraba la ofensa que le causaban mis reproches:

            —Pero es una orden del rey Prometeo, ¿te crees mejor que el rey Prometeo?

Agosto de 2016.

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