Extractos de mi diario de viaje a Ámsterdam No. 1, 18 al 20 de noviembre de 2016 (I)

19 Nov. 2016

Quién diría que se me ocurriría, a mí, de todas las personas, venirme con dos gringos prácticamente desconocidos a una ciudad que es famosa por el desenfreno. Pero así es que ayer cogí un avión y hoy estoy en Ámsterdam compartiendo habitación en el St. Christopher’s Inn, con mis dos americanos y tres portugueses cuyos nombres no hemos tenido oportunidad de aprender.

Tan poco preparado vine que no puedo dar cuenta de las calles y sitios que he visto. No sé nada sobre Ámsterdam, y menos entiendo neerlandés.

El hostal tiene mi corazón por los patrones de las paredes y el ambiente de pub irlandés. Me contenta muchísimo saber que Holanda todavía conserva la bonita tradición de los salones de fumadores; y en el St. Christopher’s, además, nos han colocado una mesa de billar.

Lo primero fue la casa de Anne Frank, a la que fui reacio. No solo no recuerdo el libro, sino que nunca me llamó la atención realmente. Pero fue una buena sorpresa. De la forma más sobria, esta gente ha logrado convertir en mártir a la niñita. Lo que más me alegra es que, sin ser cursis, logran rendirle tributo más por sus sueños que por sus traumas -esta frase, en alemán, se leería muy rara-. En todo momento sentí que estaba visitando la casa de una escritora, y no de una víctima; y eso fue lo que logró sacarme una lágrima.

A esta experiencia catártica la siguió un paseo por la fábrica histórica de Heineken. Ya, lo sé, pero no tengo tiempo para guardar respetos. Nada resaltante allí, la verdad, una atracción para turistas y ya. Fuimos por las cervezas. Sí diré que Heineken es tan experta en mercadeo que salí con una recién creada admiración por su cerveza.


Ahora había que decidir qué hacer por la noche. Grande la decisión. Mis gringuitos habían llegado a Ámsterdam el miércoles, mientras que yo llegué el viernes por temas de la universidad, así que ellos ya habían vivido la liberalidad holandesa., pero yo no.

Empezamos en un bar llamado Soho, supuestamente gay pero repleto de mujeres. No importa. Me pido un Jägerbomb, que es muy sensible ya que solo he dormido dos horas, y estuve despierto desde las cuatro de la madrugada. Bailamos un rato pero, con un DJ tan atroz, nos fuimos a buscar algo mejor.

Seguimos a un bar cercano, de cuyo nombre no quiero acordarme, con mejor música pero lleno de héteros. Y sin Jägermeister. Se hizo insoportable. Tengo una teoría: hay que partir de la premisa según la cual las mujeres van a bailar por una razón: para mostrarse… a otras mujeres. Los hombres van, en cambio, para conseguir mujeres, no para bailar. Es así que, mientras que las mujeres pasean regodeándose entre ellas, los hombres las perseguirán. Al cabo que una discoteca hétero se identifica porque hay mucho desplazamiento espacial. Y todo el mundo choca con uno.

Me olvidaba de que, antes de todo esto, fuimos a comer a un sitio llamado Cannibale Royale. Una hamburguesa de 250 gramos y una cerveza llamada Raging Bitch. Bueno, sin la cerveza porque la camarera me recomendó esperar a que se enfriara, pero no teníamos tiempo.

Después de comer maravillosamente, y de beber en los bares, recogimos todo y nos fuimos a probar algo nuevo para los tres. Brandon había escuchado sobre una Underwear Party. En un sitio llamado, convenientemente, Church.

(…)

Ya habíamos fumado -solo Brandon y yo, Garrett disfruta viéndonos- con lo que compró Brandon en un coffeeshop cercano al Cannibale Royale, así que la experiencia Ámsterdam de sexo y drogas estaba completa. Estuvimos de acuerdo en que fue una fiesta inusual, pero muy divertida. Nos fuimos al cierre, a las cinco de la mañana.

Finalmente dormí -perdí el desayuno del hostal, pero necesitaba descansar- y salimos a buscar un restaurant japonés para almorzar, que ya era hora.

(…)


Hoy ha sido un poco más cultural, hasta ahora. Luego de comer los más maravillosos (y caros) ramen de todo el mundo, cogimos el tranvía (esta vez sí pagamos) y fuimos de museos. Garrett fue al de Van Gogh, Brandon y yo al Rijksmuseum – énfasis en la r-; no podíamos ir todos a ambos porque cerraban a las cinco de la tarde y ya eran las tres y media, por lo que tuvimos que escoger. Elegí el Rijksmuseum -con énfasis en la r- porque aprendí leyendo a Leonardo Padura, que los Rembrandt hay que verlos en persona para poder apreciar la luz. El edificio ya es imponente, pero la Galería de Honor es impresionante. Llena de Rembrandt y Vermeer, tanto las pinturas como las columnas y paredes son obras de arte por propio derecho.


Esperando a Garrett frente al Van Gogh, ya de noche, entramos a la tienda del museo a comprar postales. Me llamó la atención un libro que ponía Aesthetic Justice, que trataba justamente sobre el imaginario jurídico del que tanto hemos hablado en las clases de Antonio Giménez.

Por ahora iremos a cenar indonesio, y saldremos por el Red Light District a ver a las trannies & the hoes.

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