Extractos de mi diario de viaje a Ámsterdam No. 1, 18 al 20 de noviembre de 2016 (II)

20 Nov. 2016

Quién diría, de nuevo, que se come tan bien en Indonesia. El plan para el resto de la noche es pasear por el Red Light District, que es más pequeño de lo que pensaba, mas no por ello menos peculiar. Supongo que la mayoría estaban ocupadas, porque no había muchas en las ventanas. Eso sí: todas espantosas, pero todos los hombres babeándose, y estorbando en el camino.

Fuimos luego a algunos bares de la zona. El primero fue el Café Montmartre, pequeño y lleno, perfecto para el primer Jäger. De seguidas pasamos buscando otro, supuestamente archireconocido, pero al entrar y escuchar un karaoke de lo más mediocre, salimos pitando. Entramos a otro que estaba justo al lado; Amstel o algo así se llamaba, con la muy agradable sorpresa de que era latino, animado por un par de gogos genéricos y una drag que, por su acento, estoy casi seguro de que era venezolana.

Qué difícil es comprar cigarros. Tienen unas máquinas que leen el DNI, pero no aceptan tarjetas ni billetes; y yo que odio las monedas, me quedo sin fumar. Tendrá que bastar con lo que fumamos en Barney’s después de cenar, Liberty Haze se llamaba; Garrett, que no fuma y en general es más soso que las papas belgas, nos preguntó a dónde nos transportaba. Brandon pensó en una playa fría, yo en una montaña húmeda. Brandon es más divertido, de ese tipo de gente que solo lee non-fiction y se baña escuchando podcasts. Con Garrett solo tengo en común que ambos estamos llevando un patético diario de viaje.

Gloria Estefan nos despidió del Amstel y fuimos directo al Club Nyx, una excelente disco que tenía DJs hasta en el baño. No miento, el tercer piso eran urinales alrededor de una consola. Brandon pasó toda la noche con un Tyler, Garrett se fue temprano, y yo estaba demasiado lleno de Jäger y Red Bull.

(…)

Por alguna razón, ahora que escribo, recuerdo al vendedor inmigrante de rosas que entró en el Amstel mientras la drag y sus gogos bailaban La chapa que vibra. El romanticismo y sus bellas ironías.

Me llama la atención la corrección de las parlantes de Schiphol al llamar el nombre de un pasajero: el nombre de un indio fue pronunciado con la más absoluta perfección. Todo esto mientras que, en mi puerta B31, está estacionado un avión que debió haber despegado hace dos horas, y sin rastro del Vueling que debería estar abordando en este momento. (…)

(…), me visto, cojo una menta Wilhelmina y salgo a la lluvia. Serán las siete al regresar al hostal, y no había sol todavía, pero me sorprende encontrar que tenemos un nuevo compañero de cuarto, y que los portugueses se fueron. Se llama Calum, es galés, y maldigo la hora en que decidí irme hoy.

Como despertamos tarde, tomamos un brunch cerca (Cut Throat, neozelandés, famoso por su desayuno kiwi y sus waffles), y cogemos el tren a Schiphol, y heme aquí ahora escribiendo para cubrir la hora de retraso de Vueling. En Cut Throat jugamos Rose-Bud-Thorn sobre el viaje. Garrett ha dicho muy bien que la rosa, sin duda, ha sido la comida; estamos impresionados de que todo lo que hemos comido haya estado sublime, sin excepción. La espina, he dicho yo, fue el clima. El capullo -de lo que se tenía mucha expectativa pero se quedó en potencia- fueron, tristemente, las setas; cuando las vimos en el Smartshop, era mucha cantidad para dos personas nada más, y pensamos que no hallaríamos un momento adecuado para semejante viaje, teniendo tan poco tiempo restante. Es un buen capullo ese, la razón perfecta para regresar. En todo caso, Brandon me ha prometido comer hongos en Barcelona antes de que regrese a San Francisco en diciembre, ahora a ver cómo los consigo.

Ha sido el viaje ideal. El libertinaje y falta de límites morales es más de lo que esperaba de Ámsterdam, y, vivirlo mezclado con la normalidad de quien da por sentado la existencia de semejante Gomorra, solo lo hizo más delicioso. No entiendo cómo es posible que una ciudad tan libre, abierta, diversa -nunca había visto tantos colores tan bien integrados-, y alegre, puede estar tan cerca de ser gobernada por los extremos del control político del corazón humano. Ojalá nunca pase, y que YHWH no destruya esta Sodoma con un mal gobierno.

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Good for you, Amsterdam. Quédate libre y libertina, haces mucha falta en el mundo.

21 Nov. 2016

Ya en casa y descansando, habiendo hablado con mi madre, habiendo paseado a medianoche con mi extraño amigo polaco (a quien le sorprendió mi premura por visitar la casa de Anne Frank, y que además quedó horrorizado, como yo, al descubrir que nadie me recibió porque se habían ido a Auschwitz sin avisar, ¡cuánta grosería!), empiezo a recordar escenas de este viaje.

Como la gringa bella que estaba sentada junto a mí en el avión, quien, al verme, se quitó la chaqueta y exclamó sin vergüenza “It’s hot in here!”. Ámsterdam sencillamente no se detiene.

O, más perturbador, lo primero que vi al entrar al NZ en mi última madrugada. En los lockers, un hombre muy mayor -ahora que lo pienso, el único mayor de 60 que vi en toda la ciudad; de hecho, no vi ni un solo anciano, ni un solo mendigo, y ni un solo niño en Ámsterdam- hablaba de forma condescendiente hacia un asiático de corta estatura y cabizbajo. En inglés le daba las gracias por el buen rato, le cogía con fuerza por sus menudos y bronceados hombros, y le decía, una y otra vez, “I’ll see you soon, ok?”. No vi ningún pago (…) pero la forma de hablar del viejo y la satisfecha resignación del otro me dieron a entender que esa conexión quizá trascendía la moneda; no estoy seguro de ser capaz de entenderla, pero no era una relación explicable en términos sencillos. Y era una relación, tal vez aséptica, sí, pero no tengo duda de que había historia en el comportamiento de ambos.

Si recuerdo otra cosa, la escribiré. El soundtrack del viaje fue Antonín Dvorák, mi más reciente obsesión.

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