Una sinfonía de colores

El verdadero nombre de Tintín es Agustín. Su padre, que se llama Augusto, es un médico de renombre en Rosario; y, aunque su ascendencia sea de lo más irrelevante ahora, siento que he debido hacer este comentario porque este nombre, entre otras muchas cosas, lo compartimos.

            Sumidos en el sabor democrático de siete cervezas ‒impares‒, nos conocimos. Entramos temprano y salimos los últimos. El tendero uruguayo, un tipo largo e imberbe, aunque no joven, recogía las mesas vecinas como pidiendo que lo dejásemos dormir; no se imaginó que tendría que cerrar el bar tan tarde un miércoles por culpa de dos idiotas ‒pelotudos, dijo entre dientes‒ que tenían un nombre parecido. En medio de atmósfera tan hostil, Tintín seguía hablando.

            —¿Qué habrá sido de esa época hermosa en la que la gente se mataba por amor y no por un trabajo?—se preguntó luego de que le conté sobre mis penurias para conseguir empleo— Si alguien se suicida por despecho hoy en día, recibe más burlas que lágrimas, viste.

            —Se premia más una vida que una vida feliz—dije, saturnino.

            Tintín decía «cistitis» cada vez que iba al baño, que era a menudo, pero yo me mantuve indemne a la ofensiva impertinente de la vejiga. Solo fui cuando salimos, ya incapaces de sostener la mirada triste del uruguayo. Tintín lo hizo reír, y nos despedimos con cien perdones y mil cordialidades.

            No había hora. Ni él ni yo nos habíamos fijado, y la luna y las estrellas no eran suficientes para conocerla. La intención era despedirnos para quedar otro día. Había sido una buena y larga noche, llena de religión, filosofía y política, aunque carente de música ‒tema que Tintín quiso evitar sin ofrecer razones‒, pero ya había terminado. Tal vez él quería que se alargase, pero cada uno siguió su camino.

            Aunque al final fuese el mismo. Fue de esas despedidas enredosas que son seguidas de un andar paralelo. No pudimos sino reír, que mientras caminábamos cada uno a su casa descubrimos que íbamos hacia la misma calle. Qué coincidencia, ¿no?

            —Serendipia—me corrigió él. Alguna lectura mística le había revelado que ese día gozábamos de un cambio lunar. Tintín es un tipo que se rige por la ficción del cielo. Y por la ficción de las energías, del universo, de las conjunciones y concomitancias, y de la supina hipocresía de Jodorowsky. A veces hablo así de mal de estos temas, pero me quedo callado ante la felicidad patente que desprende esta criatura argentina que me acompaña a casa.

            Casa que es la misma, además. El número 11: yo en la puerta 1º-1ª, y él en la 3º-3ª. Pero hizo falta un uruguayo cansado para que lo descubriésemos. El protocolo ‒si existe‒ no dice nada sobre estos casos. ¿Debía subir yo con él a su piso y despedirnos allí? ¿O bastaría con quedarme yo en el mío y abrazarnos en el ascensor? Pensando en estas cosas, solo reaccioné cuando, sin haber sido parte del contexto, escuché la palabra saxofón.

            —Hoy fue un día Lisa Simpson, viste—continuó Tintín, convencido de que le había prestado atención—, entrá y mirá el saxofón que he comprado.

            Una vez dentro, hablamos ‒habló‒ de meditación, de meditación en pedo, de meditación con faso, que era la función de la pequeña pipa con forma de saxofón… de sueños lúcidos.

            —Sabes que los sueños vienen de la parte sumergida del iceberg, ¿no?—dije por parecer interesante—¿No te pasa que confundes icebergs con nubes?

            Tintín exclamó:

            —¿Y si los barcos se hunden por chocar con nubes?

            Seguimos hablando, ya sin chaquetas ni zapatos. Tintín se queja de que:

            —He dejado el yoga, el reiki, el maya, el tántrico…—pero nadie se lo ha preguntado. Nos reímos. Le pido una explicación sobre el kanji ilegible que tiene en el tobillo izquierdo—Significa cielo, y significa vacío.

            —Muy argentino eso, ¿no crees? ¿Lo de tener el cielo a tus pies?

            —O el vacío—replica—. ¿Llevás una regla contigo todo el tiempo?—agrega sin preámbulo alguno, con la mirada puesta en mi reloj.

            —No, ¿para qué?

            —Si no medís el espacio, ¿para qué querés medir el tiempo?

            Me quito el reloj; es una pregunta sensata. Además, en lo que va de noche no ha sido útil. Por la leve oscuridad de la habitación sabemos que es de noche, ¿qué más hace falta?

            —Disculpa, los botones de esta camisa salieron malos—dije al verlo distraído observando mi pecho, que se veía desatado, lo juro, por accidente.

            —No pasa nada, no pasa nada.

            Volvimos al tema de las coincidencias. La frecuencia de vibraciones que creaba la luz al chocar contra la pared sobre la cual estábamos ambos recostados arrojaba un color rosa que, a ratos y con nuestras sombras alternadas, parecía más salmón. Es el mismo color ‒y, por lo tanto, la misma frecuencia de onda‒ que tenía la habitación de su amiga, en donde él había vivido antes de llegar aquí. La repetición da seguridad. La repetición es como el retorno.

            La repetición de las ondas de luz en el techo, en cambio, refleja un color blanco agrietado. Con nuestras sombras, que creamos moviendo las manos y levantando las piernas mientras abandonamos todo claustro textil, las frecuencias de los colores se interrumpen. Pero con ritmo.

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David Netherland

            —Una sinfonía—dice Tintín, carcajeando ruidosamente. Vibraciones. Cada color es una nota. Jugando a convertir el rosa en salmón, el blanco en sombra, y la grieta en gris, podemos escuchar la música. Son sonidos elementales, casi primitivos, pero es una sinfonía, y así lo repetimos, asombrados. Hemos logrado sincronizarnos tanto, Tintín y yo, que somos ya una verdadera orquesta de pies descalzos y torsos libres, dirigidos por un poder cósmico en el que podría empezar a creer. El saxofón humea junto a la cama. Qué lamentable sería la ceguera.

            El primer beso surge lentamente. El techo y la pared flamean con un adagio. El roce de las barbas, negras como la obra de Mussorgsky, aumenta la tensión de una sola nota de cuerdas. El rojo de un labio excitado se oscurece a veces de morado furiant, pero contrasta con el allegro de unos dientes perfectos. Juntos los dos como una barra de compás, las respiraciones, aunque fuertes, están sostenidas en concierto.

            —Ha sido tántrico desde las cervezas—interrumpe una voz, que no sé si es mía, suya, o del tenor que ha hecho entrada inesperadamente. Ríe, líricamente.

            Con los dedos de los pies jugamos a agarrarnos de manos. Las suyas recorren mi mástil, desde el cabello hasta las estrías de mi vanidad. Empieza la percusión, que reverbera en la profundidad, acompañada de un coro de inspiraciones y espiraciones. Alternan las negras y las redondas.

            —Una marca de nacimiento—canta mi bajo—. Es que no lo puedo creer, más coincidencias—se separa el compás y le muestro una mancha de color mostaza molto maestosa que es idéntica a la que le he visto en el costado.

            —Serendipia—repite con floritura un barítono. Tintín cae de espalda y habla de nuevo—¡También tienes canas!

            —Yo sí, un montón, ¿tú también?—minúsculas corcheas plateadas adornan su cabellera. Se repiten, se invierten. La repetición aumenta el volumen, ma non troppo. La repetición es vivaz. La repetición es briosa—¡No lo puedo creer!—la repetición es recalcitrante, la repetición es tenaz.

            La confusión ha convertido a la orquesta en un instrumento, sumamente tenso, obstinado en una nota aguda de la que se ha enamorado.

            —Pensá que hay humanitos en este momento metidos en guerras—es la última letra del libreto. El solo revienta finalmente en un sabor despótico; uno de los músicos había desayunado piña aquella mañana, con picardía. El único instrumento que ha sobrevivido, marcado por pentagramas sanguinolentos, se separa para un merecido interludio. Silencio. Dos barras.

            Soñé que me despertaba. Dormí en casa ajena, pero abría los ojos en cama propia. A los pies tenía el cielo. Solo una barba estaba deshecha. Solo una cabellera brillaba en canas fortuitas. Solo había una marca de nacimiento.

1 de diciembre de 2016

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