El mito de la caverna está incompleto

Con Pau X.

«Somos mucho más que la suma de nuestras partes: somos el silencio eterno que las anima».

¿No es sorprendente que una alegoría de hace más de dos mil años continúe vigente? Cuando lo que podemos ver son solo sombras de algo que existe, ¿cómo es que, después de tanto tiempo y de tantos avances, no vemos la luz? Tal vez he planteado mal la pregunta. Sin duda la luz la advertimos. Si no fuera por ella, no veríamos las sombras que tanto nos intrigan. La pregunta es por qué no vemos los objetos que proyectan las sombras.

¿Podríamos estar de acuerdo en que todo esto tiene que ver con la ciencia? Quizás en aquel momento sirviese solo para la filosofía, pero ya hoy tenemos el método científico. Sin embargo, la ciencia no es la luz en esa gran alegoría: la ciencia es nuestra capacidad, o mejor, el acto de levantarnos y buscar los objetos por nosotros mismos. El primer paso es saber que podemos prescindir de lo que nos explican que son esos objetos. «Estudios demuestran que…», o «la universidad de no sé dónde ha dicho que…» son esos titulares que nos pretenden revelar las sombras. Pero más veces que ninguna no hay nada cierto tras ellos. Muchos de esos titulares nos han llevado a pensar que las vacunas causan autismo, o que el cambio climático no tiene influencia humana, o que la evolución por selección natural está en duda. Tanta falsedad intencional ahoga a los venerables intentos de divulgación que no son tan llamativos.

Quienes defienden la ola de los «hechos alternativos» son los pequeños, pero poderosos, restos de la nociva posmodernidad. Si son alternativos, no son hechos; los hechos no llevan adjetivos. La luz es demasiado cegadora, eso es todo. La tragedia del posmodernismo es no querer ver más allá de las sombras en la pantalla. Su victoria, por otro lado, está en ser autosustentable: criticarlo es una de las manifestaciones más estereotípicas de la posmodernidad; véanme aquí haciendo lo propio.

No todos somos científicos. Tengo limitaciones intelectuales que no me permiten entender todas las teorías. Pero hay científicos que han dedicado un esfuerzo importante a cuidar de la divulgación, y es en ellos en quienes alguien como yo debe confiar. No tenemos más acceso que este. Solo en ellos podemos apoyarnos para levantarnos y salir de la caverna.

En el mito, la luz pura nos ciega. Me decía un amigo, «qué buena está la luz, hasta que vas al sol y te quemas». Por eso es que no es a ella a quien buscamos, la luz ya la tenemos. La luz no nos interesa. Con la relatividad, la luz parece más un estorbo. Una vez que nos levantemos y veamos que la sombra que se nos plasmaba del objeto no es el objeto, descubrimos que esa misma luz crea sombras en él. La nuestra, por empezar con alguna. El objeto se ve más oscuro en algunos costados por el efecto de nuestra propia sombra. Habrá que sumarle las de las estalactitas esporádicas y otras irregularidades. Lo cierto es que el objeto será distinto de muchas maneras sin haber cambiado su esencia.

Y, sin embargo, yo diría que sabemos algunas cosas. Sabemos que el universo se expande. Sabemos sobre la gravedad. Podemos describir con enorme precisión a ciertas especies. Sabemos que el negro es distinto que el blanco y, lo que es más, sabemos por qué. Sabemos que la esfera rige geométricamente a los planetas, aun cuando todavía ‒inexplicablemente‒hay quien diga que la Tierra es plana. Sabemos tantas cosas, pero también que todas podrían ser falsadas. No nos importa; seguimos buscando saber.

Ahora, si tanto sabemos, ¿no será que ya salimos de la caverna? Con todo, quedan cosas por conocer. ¿Qué maldita formación geológica es esta que de los agujeros salimos a otras cuevas? Qué tiranía tan cruel la de estas cadenas que siguen apareciendo cada vez que las rompemos para escapar. Platón nos prometió campos luminosos de realidad en el umbral, pero nos mintió. La verdad es una caverna dentro de otra, y de otra, y de muchas más.

Lo absoluto no puede convivir con este mito. Lo peor es que digo esto cuando sé que es falso. Sí hemos logrado encontrar ciertas constantes. Aquellos campos verdes no nos rehúyen en todos los ámbitos. Sin haber visto todos los objetos, en ciertas materias ya estamos fuera de la caverna. Creo que no hay paradoja en esto. Después de todo, el propio conocimiento de la caverna es una caverna más.

Me refiero con esto a la filosofía. No podremos descubrir las causas últimas de todas las cosas. No es aventurado admitir que las grandes preguntas jamás serán respondidas. La religión trató de hacerlo en su momento. Mas ella murió hace ya tantos años que lo que queda no es más que un grupo de albaceas desordenados, aunque contentos. Difícilmente podría caracterizárseles como creyentes serios. Lo bonito de las religiones actuales es que solo los terroristas no son hipócritas. Ellas no pudieron responder convincentemente a las grandes cuestiones. Similarmente, la filosofía, aun siendo el camino correcto, tampoco podrá. La caverna será siempre nuestra morada.

¿Podemos ponerle nombre ahora? Hay casas que tienen nombre, o por lo menos un número. Todos los lugares, hasta los ficticios, tienen un nombre. No existe Ningún-lugar. Hemos bautizado planetas que no conocemos, galaxias a las que no pertenecemos. El nombre de esta caverna de cavernas debe ser Humanidad.

Deberíamos estar contentos con ello. Como con el multiverso, estamos simultáneamente dentro de varias cavernas paralelas. De algunas hemos salido, pero de la gran mayoría no. Incluso hay muchas en las que seguimos aceptando las sombras como verdaderas. Esto no es malo. Esa ansiedad de la prisión es lo primero que hace falta para que alguien haga la pregunta correcta. Se reirán sus compañeros, se matarán entre ellos, pero así se empieza. La inquietud es la única sierra que funciona con las cadenas. La ceguera que viene al final será suficiente para silenciar las carcajadas.

No es malo el no saber, lo veo como una marca de una sociedad sana. De una humanidad ‒cavernosa‒que tiene un objetivo. ¿Y qué si es inalcanzable? En el camino habremos visto nuevas cuevas por explorar, y también campos verdes y luminosos. Es este el eterno silencio que nos anima. Como no estamos solos, compartiremos los descubrimientos. Todo está en hacer la pregunta adecuada.

25 de enero de 2017

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