Una paloma

Para #historiasdelibros

Tengo esta manía de enfrascarme en libros largos y complicados. El Terra Nostra de Carlos Fuentes lo he tenido entre sienes desde que lo encontré escondido en la biblioteca de mi abuelo. He tenido la audacia de meterme con Los hermanos Karamazov sin sufrir estrés postraumático. Tengo las cicatrices que demuestran que he sobrevivido al Ulises. ¿Qué tan grave podría ser Guerra y paz?

Otro tema muy distinto es si he entendido alguno de ellos. Da lo mismo. Leo por leer. No es siempre la historia lo que me atrapa, a veces es solo el peso de la edición. Si alguien tuvo a bien matar tantos árboles por una particular mezcla de palabras, algo debe de tener. Tanto hablan de Tolstoi que este libro debe valer la pena la eventual deforestación del Amazonas.

Si llevo el móvil a la cola para comprar la leche, me lo roban. Si no llevo nada, me aburro. Empecé a leer libros porque este asunto de la escasez parece que vino para quedarse. Mientras más largos son, menos dinero gasto en comprar nuevos. Mientras más difíciles, más dramática le parece a los vecinos mi situación.

Sin embargo, Guerra y paz ha podido más que yo. Me pierdo entre tanto patronímico. Siento que he leído tanto, pero ha pasado tan poco. Mientras leía aquel día, la ansiedad por el pobre gordo Pierre me halló tirándome de los pelos: ¡qué esposa tan cruel! Debí haber tenido una cara infernal, porque mis compañeros de la fila me observaban con mucha atención.

Me levanté para avanzar un poco. Estaba dispuesta ya a cerrar la novela para hablar con inercia de la situación nacional con una vieja que tenía enfrente. En aquel momento, mi mal genio fue interrumpido por una postura colombina que cayó sobre la página 467. La muy desgraciada paloma disparó con tal fuerza que me salpicó en las manos.

—¿Es esto lo que piensa la naturaleza de la literatura rusa?—preguntó la furia sin mi permiso.

Así apareció un maravilloso príncipe Andrei: el chico que tenía detrás rio.

—Qué mala suerte—fue lo único que dijo.

Al voltearme, dejé caer el libro. Lo único que logré fue que el asfalto esparciera el excremento por la 466 también. Él lo recogió. La señora de adelante me dio un pañuelo húmedo, pero fue él quien lo limpió. ¿Qué más hay que decir? Nos pusimos a hablar. Descubrí que era un tipo que tenía la falsa modestia de poner «escribidor» en su descripción de Twitter.

Ya no había ansiedad alguna. El aire entraba y salía de mis huesos como si fuese cada uno un pulmón. Aquel condenado habría pensado que me estaba besando a mí misma ante semejante ligereza. En algún espacio limpio del libro escribió su número y desde entonces hablamos todos los días. Y todos los días nos encontramos en la cola para comprar la leche; o la harina, o el café, o el pan.

Pero ya no llevo más el libro. Ahora me dan igual las Natashas y las Sonias. Tan solo leo de noche. Leer es la única arma que tengo para vencer el insomnio de saber que solo quisiera estar leyendo con él.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s